viernes, 31 de julio de 2009

Dolor de dolores




Dime, «¿por qué es ese llanto?»
«Por una ilusión perdida,
por una reciente herida,
por un nuevo desencanto...»
«Pues no llores más... y olvida»

«¿Porqué lloras, flor de flores?»
«Porque él era dueño mío,
el que me hablaba de amores,
y me hiere con desvío...»
«Pues olvídalo... y no llores.»

«¿Porqué sollozas ahora?»
«¡Ay! Ya no alumbra la aurora
ni dará flores mi huerto...
Lloro por mi niño muerto...»
«Pues, no lo olvides... y llora».

Serafín y Joaquín Alvarez Quintero
Muchas madres lloran por sus hijos muertos. Dos madres lloran hoy porque ayer mataron a sus hijos en Mallorca, mientras estaban trabajando. En su dolor infinito, no entienden por qué. Ninguna persona de bien lo entiende. Estas madres llorarán ya para siempre. Y no olvidarán. Nadie debemos olvidarlo.
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miércoles, 29 de julio de 2009

Cantabria



Ya la conocía, pero he vuelto aún más enamorada de ella.

Bellísima Cantabria, verde, verde, siempre verde.



Plena de vida de luz.



Tierra que no pasa sed.




Valles tranquilos y dulces.



Gente amable, hospitalaria.



Mar bravo, peces de plata.


Descanso para la vista y descanso para el alma.






lunes, 27 de julio de 2009

Besarte no es amor

"Los enamorados" de Jorge L. García


Besarte no es amor, es irte oliendo

igual que huele el macho a su collera;

es saberte paloma mensajera

al gavilán las alas abatiendo.

Besarte no es amor, es ir pidiendo

besana donde hundir mi sementera;

es ser igual que el toro en la pradera

huyendo de la hembra y embistiendo.

Igual que el ciervo oculta el baluarte

donde el celo resiste y le reclama,

así mi boca llega hasta tu boca.

Porque besarte entonces, no es besarte.

Es dejar en los labios la proclama

donde la sangre asusta de tan loca.



Angel García López
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lunes, 20 de julio de 2009

Estoy hecha





Estoy hecha del mismo material que las nubes,
soy de sal y de aire y de trozos de estrellas,
dentro tengo pulmones, caballitos marinos,
manadas de delfines navegan por mi sangre.
Camino por la calle como el tigre en la selva
mi risa es catarata y batir de palomas,
mi corazón galopa como un volcán que ruge,
el color de mis huesos lo robé de la luna.
Miro con la mirada de todas las mujeres
mis ojos son de noche y de olivas maduras,
exploto, retrocedo, me pierdo, me deshago,
me olvido, me castigo y a menudo me amo.

Sara Royo






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viernes, 17 de julio de 2009

H. M.

Fotografía: Goathemala



Que haría yo sin tus flores
que haría yo sin esta permanencia
de tu gesto y tu lugar
Que haría yo si debiera pensar
en pérdida olvido y sobre todo final
Que haría yo si no tuviera
la certidumbre de tu memoria



De "Regreso a la patria" 1989

Juana Bignozzi

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martes, 14 de julio de 2009

Milonga del moro judío

viernes, 10 de julio de 2009

Capítulo 20



Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.

-¡Buenos días! -dijo.
Era un jardín cuajado de rosas.
-¡Buenos días! -dijeran las rosas.
El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las rosas -respondieron éstas.
-¡Ah! -exclamó el principito.
Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora t.enía ante sus ojos más de cinco mil .todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para humillarme a mí también... "
Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios cuales acaso esté extinguido para siempre.
Realmente no soy un gran príncipe... " Y echándose sobre la hierba, el principito lloró.


El Principito


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lunes, 6 de julio de 2009

Cuando...


Cuando te ataque
a zarpazos la tristeza,
cuando el camino
se te pierda en la nostalgia,
cuando a tu lado
solo tengas tu ternura,
cuando el pasado
se te enrede en la mirada,
cuando te creas
que tus lágrimas son dulces
porque las bebes
con café cada mañana,
será el momento
de abrazarte a una sonrisa
luchar a golpes
por un soplo de esperanza
y abrir los brazos
para dar lo que no tienes,
meciendo el alma,
como un barco en la resaca.

viernes, 3 de julio de 2009

They dance alone



¿Por qué bailan solas estas mujeres?
¿Por qué hay esa tristeza en sus ojos?
¿Por qué hay aquí soldados, con esos rostros duros como piedras?
No entiendo qué desprecian.
Ellas están bailando con los desaparecidos, están bailando con los muertos,
bailan con sus amores invisibles, no se puede medir su angustia.
Están bailando con sus padres, bailan con sus hijos, bailan con sus maridos...
Bailan solas. Bailan solas...
Es la única forma de protesta que pueden permitirse.
He visto sus rostros gritar fuerte en el silencio.
Si se atrevieran a hablar con palabras otra mujer sería torturada
¿qué otra cosa pueden hacer?
Bailan con los desaparecidos, bailan con los muertos, bailan con sus amores invisibles...
Su angustia es inmensa. Bailan con sus padres, bailan con sus hijos,
bailan con sus maridos... Bailan solas. Bailan solas.
Pero llegará un día en que danzaremos sobre sus tumbas. Un día cantaremos nuestra libertad.
Un día reiremos con alegría, y bailaremos...
Un día vamos a bailar en sus tumbas, vamos a cantar nuestra libertad,

vamos a reír con alegría y bailaremos...
Ellas danzan con los desaparecidos, danzan con los muertos, danzan con amores invisibles,
con silenciosa angustia danzan con sus padres, con sus hijos, con sus esposos...
Ellas danzan solas. Danzan solas.


Eh, Sr. Pinochet, usted ha sembrado una cosecha amarga,
Un día, el dinero extranjero que le apoya no pagará las armas ni los verdugos.
¿Imagina así a su propia madre, bailando siempre en soledad?


Ellas bailan con los desaparecidos, bailan con los muertos,
bailan con sus invisibles amores.
Con angustia bailan con sus padres, con sus hijos, con sus maridos...
Ellas bailan solas. Bailan solas.







miércoles, 1 de julio de 2009

El verano


Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las picaduras de los tábanos. La chicharra sierra un pino, que nunca llega... Al abrir los ojos, después de un inmenso sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna blanco, frío en su ardor, como fósil espectral.
Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas de humo, de gasa, de papel de seda, con las cuatro lágrimas de carmín; y una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pájaro nunca visto, amarillo con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama.
Los guardas de los huertos suenan el latón para asustar a los rabúos, que vienen, en grandes bandos celestes, por naranjas... Cuando llegamos a la sombra del nogal grande rajo dos sandías, que abren su escarcha grana y rosa en un largo crujido fresco. Yo me como la mía lentamente, oyendo, a lo lejos, las vísperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azúcar de la suya como si fuese agua.

Platero y yo.


Juan Ramón Jiménez



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lunes, 29 de junio de 2009

Un beso de esos

sábado, 27 de junio de 2009

Ayer te besé en los labios


Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.




Pedro Salinas



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viernes, 26 de junio de 2009

Viejo, sordo, incontinente



Mi perro es bastante viejo. Casi dieciséis años. Hace casi dieciséis años iba yo zascandileando por Chueca cuando vi en la jaulilla de una pajarería un yorkie diminuto, más parecido a un murciélago que a un perro. Lo compré. Yo no sabía mucho de perros hasta entonces. Ahora sé casi todo. Tras años de estrechísima convivencia (me ha seguido con admiración en todas mis actividades diarias, sin exclusión) casi me atrevo a decir que nadie me ha querido tanto como él. No hay cariño de un hombre que se ponga a la altura de semejante enamoramiento.
Las visitas han sido testigos de la fascinación que el pequeño murciélago ha sentido siempre por mí. Me sentaba a comer y me miraba desde abajo como diciendo, "mírala, qué bien mastica". Me echaba la siesta y él se la echaba conmigo; debía de presentir el momento en que yo iba a abrir los ojos porque, cuando me despertaba, lo primero que encontraba eran los ojos negros bajo el flequillo perlado. Tampoco me quitaba ojo mientras escribía columnas, novelas, guiones, "no hay otra como ella -parecía pensar-, algún día, este país le dará el lugar que le corresponde: el Parnaso". Sé que hay lectores que considerarán pueril mi relato. Lo asumo. Si Hitchcock abominaba de rodajes con perros y niños, también hay lectores que en cuanto ven que un artículo se llena de animales, pasan la página. Que la pasen. Es una aspereza típicamente española. Ésa es una buena razón para hojear de vez en cuando la prensa internacional. El otro día, en The Washington Post, venía un extracto conmovedor de Old Dogs, de Gene Wengarten y Michael S. Williamson, un ensayo sobre la experiencia de convivir con perros viejos. Uno de los autores recuerda con nitidez el día en que sintió que su perro comenzó a envejecer. Yo también lo tengo fechado: mi perro se hizo viejo el primer invierno que pasó en Nueva York. En otoño, la ciudad le volvió loco. En contraste con los educadísimos perros neoyorquinos, el mío, iba cruzándose de lado a lado de la acera, queriendo atrapar todos esos olores a mierda de las alcantarillas, a flores de los coreanos, a esas bolsas enormes de comida que tiran por la noche y en la que, si te fijas con atención, ves moverse a las ratas por debajo del plástico negro. Pero llegó el frío hiriente, ese que te quema la cara y te agarrota las manos, y el pobre empezó a andar de puntillas como un Chiquito de la Calzada a cuatro patas. Sucumbí ante eso que hasta hacía un año me parecía una bobada anglosajona: el abriguito. Y es que un perro de Chueca no estaba hecho para esos hielos. Tampoco para los calores agosteños. Recuerdo una mañana ardiente de verano, tras hacerle andar cinco kilómetros por la avenida Madison, que el pobre se me desparramó en el charco de agua que se forma bajo los quioscos de flores y ya no hubo manera de que anduviera. Me lo llevé a casa en brazos con la pelambre chorreando. Ay, esos mis primeros tiempos de soledad. Él provocaba que me saludaran los niños y las viejas. Alguna vez que nos ausentamos de la ciudad, vivió en casa del escultor Leiro y se convirtió en un personajillo querido y célebre entre los vecinos de aquella zona de Tribeca. Sí, yo presentía que se estaba haciendo viejo. Al principio fue un cambio sutil. De joven, había sido como ese chihuahua argentino del chiste que vive en Alemania y le dice a otro perro, "yo en mi país era un dóberman". Él siempre se había considerado un dóberman. Era mi perro de defensa, no es broma. En cuanto llegaba alguien a casa esos cinco kilos se enredaban entre las piernas de la visita, que se quedaba atónita, aturdida. Pero ese espíritu chulesco se fue aplacando; a esta nueva paz contribuyeron la ceguera y la sordera. Pero en vez de reaccionar con frustración y tristeza, como haría un ser humano, mi perro viejo fue optando por la tranquilidad de espíritu. Ahora, no me cabe duda, es un sabio. En verano encuentra el rincón más fresco, en invierno el rayo de sol más sabroso; no tiene prisa por levantarse, si tú te levantas a las doce él se levanta a las doce, si tú te levantas a las ocho él se levanta también a las doce; ya no quiere alejarse más de cien metros de casa, cuando llega a la esquina, se da media vuelta y da por finalizado el paseo; prefiere dar paseíllos por el patio, como si fuera un jardinero experto, disfrutando del olor de cada hoja; y si se mea (lo que ocurre con cierta frecuencia) ya no corre a esconderse bajo el sofá con miedo a ser castigado. Cuando te ve acercarte con la fregona, te mira como diciendo, "tengo derecho a mearme, soy un viejo incontinente". Un amigo me dijo un día, "me encantan los perros, pero no los tengo porque su ciclo de vida es demasiado corto". Es cierto. Pero hay algo tan digno en su vejez, esa capacidad para convertir las limitaciones físicas en placidez contemplativa, que su actitud se convierte en una lección diaria. Cierto es que a veces echo de menos esa adoración sin límites que le hacía mover la cola sólo por el hecho de que yo le mirara. Hemos cambiado los papeles, ahora soy yo quien de vez en cuando se acerca a su cojín. Le miró esos ojos como canicas que miran sin ver y le digo, "cuánto te admiro". Y él ronronea, entiende mi admiración. Es un viejo con la autoestima por las nubes.


Elvira Lindo
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miércoles, 24 de junio de 2009

La mujer que le pone nombres a las montañas


La mujer que le pone nombres a las montañas
acaricia las piedras con sus manos de espuma.
No sabe que las rocas la conocen, la esperan,
porque nadie les dice palabras tan hermosas,
porque nadie las mira del modo enamorado
en que sus ojos claros, lagos de trigo verde,
mas que mirar, inundan de ternura el paisaje.

La mujer que le pone nombres a las montañas
es palpitante parte de árboles incontables,
es latido caliente, corteza milenaria,
es su piel femenina fundida con los bosques.
Por sus arterias corre la savia de la isla.
No cortéis la palmera, que sangrará su sangre.

La mujer que le pone nombres a las montañas
camina por la playa con su saco de penas.
El mar, que la comprende, sobre sus hombros pone
un chal de húmeda brisa más suave que la seda
y le canta una nana, salada como el llanto,
se le enreda en el pelo, la arena como estrellas,
le besa los tobillos con sus labios de yodo
y le crece en el alma igual que una marea.


Para mi tata Pili, con amor.
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domingo, 21 de junio de 2009

Soneto de la dulce queja



Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.



Federico García Lorca