Apenas comienza junio. Tengo aún en la mente la atmósfera de Cádiz, sus pueblos blancos, sus playas, el inesperado verde de su paisaje, su huella fenicia, cartaginesa, romana, árabe...; la brisa fresca sobre la piel, que luego se volvió levante y azotaba las palmeras. El asombro de los esteros y los caños, la intensa vida que bulle entre el suelo y las nubes. De esa tierra solo me sobran sus aficiones a matar y torturar toros, llamándolo "arte y fiesta" y lo que me parece casi obsesión con los santos y las santas. Allá cada cual. De todo lo demás he vuelto enamorada. Agradezco a la vida haber podido volver a sitios que viví de niña, pero que no he podido reconocer, porque el tiempo es inexorable con sus cambios. De modo que ahora disfruto la alegría de volver a casa, y la alegría de haber estado allí. Doble alegría: nada mal.
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