martes, 31 de marzo de 2020

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Anoche nevó. 
Se termina este marzo aciago con frío invernal. Tanto dolor no permite despegar a la primavera. 
Esto no nos hará mejores, me temo. 
Hay miserables que intentan sacar rédito a esta situación tremenda y parece que quisieran hundir este frágil barco. Tanto miedo, tanta mala baba, tanta estupidez. 
Somos leves como burbujas. 
No tenemos nada más que el momento presente y el amor que damos. Solo eso. 
Salgo a la terraza y respiro dolor. 
No sé hacer otra cosa que mandar fuerza a esa gente de ahí afuera, la que cuida de nosotros de la mejor manera que sabe y puede. 
Me sobran los miserables, los quejicas, los egoístas.
Mientras, los gorriones se dan un festín con las migas de galletas que les dejo sobre una de las jardineras, benditos sean. 
No es el virus la única pandemia. La de la insolidaridad y la pura maldad es mas grande, si cabe. 
Hoy estoy triste.

sábado, 28 de marzo de 2020

Por quién doblan las campanas

Por quién doblan las campanas..de "Collao" ?. - Gredos Casa Rural ...



“Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la Humanidad. Por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti” 

(John Donne. Siglo XVI)

sábado, 21 de marzo de 2020

Primavera



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Apareciste ayer, primavera, y yo no me di cuenta. 
Es todo tan raro, tan silencioso. 
Desde mi balcón veo un calle vacía, llena de coches aparcados desde hace días. Alguna persona, muy de vez en cuando, camina presurosa con su perrico o su bolsa de la compra. 
Y así debe ser. Porque este año, primavera, estamos en guerra, y el enemigo es invisible y muy mortal. 
Pero cuando a las ocho de la tarde salimos todos a terrazas y balcones y aplaudimos como locos a nuestros valientes, yo te siento, primavera. 
Te siento en mi pulso, en el ruido emocionado de la gente de mi barrio, en esa unidad profunda aún en la distancia. 
Veo los árboles de la calle pletóricos de yemas y los brotes decididos de mis macetas. 
Nada te parará, primavera. 
Te doy la bienvenida y te agradezco la luz y la fuerza, esas que tanto necesitamos para vencer.


viernes, 20 de marzo de 2020

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Y la gente se quedó en casa.
Y leyó libros y escuchó.
Y descansó y se ejercitó.
E hizo arte y jugó.
Y aprendió nuevas formas de ser.
Y se detuvo.

Y escuchó más profundamente. Alguno meditaba.
Alguno rezaba.
Alguno bailaba.
Alguno se encontró con su propia sombra.
Y la gente empezó a pensar de forma diferente.

Y la gente se curó.
Y en ausencia de personas que viven de manera ignorante.
Peligrosos.
Sin sentido y sin corazón.
Incluso la tierra comenzó a sanar.

Y cuando el peligro terminó.
Y la gente se encontró de nuevo.
Lloraron por los muertos.
Y tomaron nuevas decisiones.
Y soñaron nuevas visiones.
Y crearon nuevas formas de vida.
Y sanaron la tierra completamente.
Tal y como  ellos fueron curados.

(K.O'Meara - Poema escrito durante la epidemia de peste en 1800)

jueves, 19 de marzo de 2020

Antonia Martillito

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Empezaba la década de los sesenta en una España aún temblorosa. 
En el sur de esa España vivía y tenía su industria  Antonia Martillito, que elaboraba de manera artesanal pequeños martillos de azúcar. 
Antonia Martillito tenía su delantal, su moño y sus andares. Tenía también una mesa de tijera en la que había pintado, en sus lados más largos, diez casillas en cada uno, de modo que había veinte espacios, perfectamente numerados, para su negocio de lotería. 
El asunto se completaba con una botella amarilla, que en otro tiempo contuvo lejía, y sus correspondientes veinte bolas de madera, que ella, al tacto, conocía perfectamente. El negocio de Antonia Martillito tenía como clientes especiales a los niños de la zona. 
Cada casilla costaba una perra gorda y los niños elegían su número y, sobre él, depositaban su moneda. 
Cuando todas las casillas estaban cubiertas de moneditas, Antonia Martillito sacaba del mandil un reluciente martillo de azúcar, titilante como una estrella con la envoltura de su papel. 
Los ojos de los niños fijos en esa liturgia. 
Y ella entonces levantaba la botella amarilla, con las bolas dentro, y comenzaba la emoción de esa rifa para niños pobres. 
La ilusión brincaba con enorme alborozo en aquellas caritas atentas. 
Antonia Martillito los miraba entonces y descubría al más desvalido, le sonreía, y por la magia de su amistad con las bolas, justo salía ese número. 
Nunca les tocó a los hijos del alcalde: ellos podían comprar el martillo a peseta, que era su precio. Pero los otros niños, los más pobres, tenían la posibilidad de obtenerlo por una perra gorda y el sentido de la justicia social de Antonia Martillito.

Esta historia es un poco mentira, porque yo no la viví. 
Me la contó, mientras me la regalaba, uno de esos niños pobres. 
Que sigue siendo niño, mientras recolecta plumas para sus alas.

sábado, 14 de marzo de 2020

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viernes, 13 de marzo de 2020

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miércoles, 11 de marzo de 2020

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negro



De niebla y de trueno. 
De ceniza, de arena, de temblor. 
De pedregal de lecho seco de río. 
De confusión, incertidumbre, incredulidad. 
De galope por el pecho. 
De miedo. 
Así son algunos días.


domingo, 8 de marzo de 2020

domingo, 1 de marzo de 2020

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