martes, 25 de febrero de 2020

Alguien debería decirnos





Alguien debería decirnos,
antes de morir,
que todo eso de la luz que inspira al moribundo
es hermosamente falso:
como los unicornios
y las libélulas de jade,
o los vampiros que seducen doncellas
-de ojos lánguidos-
al forrar su ataúd.
Que lo que nos espera,
más bien,
es una devastación minuciosa
y sombras que usurparán
​nuestro corazón:
a eso se parecen los últimos sueños
de las trincheras
y el algodón que besa fatigado,
el contorno de la herida.
Por eso,
porque nadie nos lo dice,
ni siquiera nuestra madre,
merece la pena detenerse
un momento
y pensar en las semillas rojas:
la turgencia de tus labios,
el calor de las manos tras arañar los bolsillos,
el vagón de terciopelo,
la cresta feliz del gallo,
la bombilla en medio de la oscuridad.
Porque lo único que queda a salvo,
mientras vislumbramos
el azar de las estaciones,
es una hoja marrón,
la misma que suspira en el tallo,
se brinda prodigiosa a la luz
y se lanza al vacío,
desnuda,
cuando ya es demasiado tarde.
 Miguel Paz Cabanas

viernes, 21 de febrero de 2020

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Resultado de imagen de puesta de sol sobre tejados


Si miras hacia la ventana, sin intención, casualmente, y sobre los tejados de la calle hay un incendio púrpura contra el que se recortan las siluetas de los árboles más altos, aún desnudos. 
Si captas, con infantil asombro ante tanta belleza, los últimos momentos del sol de este viernes, mientras la noche, ladina, astuta, extiende sus brazos oscuros. 
Si has tenido la suerte de contemplar el cambio, la esencia de la vida en apenas unos minutos, entonces eres tan afortunado como yo.



jueves, 20 de febrero de 2020

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sábado, 15 de febrero de 2020

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Hoy apetece esto...

viernes, 14 de febrero de 2020

miércoles, 12 de febrero de 2020

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                                      Resultado de imagen de mano de niño y adulto



Para que no llores tú 
le disputaría al mar 
su cabellera de espuma 
para que jueguen contigo 
caballitos y delfines. 
Para que no llores tú 
todo el cielo es poco cielo 
para llenarlo de estrellas 
y contarlas hasta diez. 
Y para que tú no llores 
todas las vacas son Lola 
todo semáforo es rojo 
y los árboles son grandes. 
Pero si fracaso y caen 
del borde de tus pestañas 
dos lágrimas insurgentes 
mis brazos te esperarán, 
niño de viento y de brisa, 
para que rías de nuevo 
y que me puedas salvar.

Sara Royo

domingo, 9 de febrero de 2020

Carta de amor



Si estás leyendo esta carta de amor, publicada en un modesto diario de provincias, si la estás leyendo antes del Día de los Enamorados, no pienses que la escribí para ti. Es cierto que la concebí en una ciudad nortiza, bajo el tañido de una campana de piedra, a esas horas donde todo se desvanece y se calma. Acababa de salir del trabajo y soñaba con una foto robada desde el mar: esa donde tu sonrisa es un verano en los ojos y tus caderas una espiral de luz. Pero no, no la escribí para ti. Dejé que sus renglones se fueran por calles furtivas y me cantasen al llegar a casa. Abrí una botella de cuerpo oscuro e imaginé cómo empezaría. Buscaría un pomo de tinta y la redactaría de mi puño y letra. Hablaría de domingos sin sol y de tardes desnudas, pues las cartas de amor, fatalmente, tiritan de soledad. Evocaría uno por uno, como si fuesen lienzos, los viernes más tristes y dulces. Me entregaría a una caligrafía veloz y fervorosa, y alcanzaría exhausto la última línea. Justo a tiempo de enjugar una lágrima y servirme una copa de vino: así es como nacen las cartas de amor, aunque esta no la escribí para ti. Crucé con ella parques desolados, sorteé muros de espinas, busqué entre las ramas bajas la silueta de un buzón. La gente me miraba como si hubiese vendido mi alma, o el aliento que le queda a un niño. Era ese hombre que gime cansado y sueña a tientas bajo el cielo. En algún instante, cerca de la Catedral, tuve un presentimiento y supe que nadie escribe cartas de amor. Nadie las liga con una trenza, no hay templos donde dejarlas, no existen emisarios que las guarden al oscurecer. Mi mano la oprimía contra el pecho y, a quien quería oírme, le hablaba de mi juventud. Me censuraban, me tomaban por loco, pero no la escribí para ti. Busqué más tarde una pared limpia, pues es sabido que quien enloquece de amor vuelca sus versos en muros paganos. Pero eran solo tapias tiznadas que anunciaban el fin de la ciudad. Regresé de la noche y abrí el sobre para esgrimir sus palabras. Las mismas que ahora lees en este diario y que nunca escribí para ti: cómo hacerlo, si tú eres todas las palabras, las palabras del bosque y de la fiebre, las del futuro y las de la memoria, las que cantan como pájaros deslumbrados en la soledad de mi corazón.

Miguel Paz Cabanas

sábado, 8 de febrero de 2020

Resultado de imagen de niebla

Después de unos días soleados, casi de primavera, hoy amaneció nublado. 
En en campo, niebla. 
Es febrero y no lo parecía. 
Disfruto del invierno y me dan pena los árboles confusos, plenos de yemas tiernas. 
Cuánta inocencia en sus ramas oscuras, cuánta impaciencia por vestirse de verde...


sábado, 1 de febrero de 2020

Febrero


viernes, 31 de enero de 2020

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La imagen puede contener: flor y naturaleza



Aerodinámicamente el cuerpo de una abeja no está hecho para volar; lo bueno es que la abeja no lo sabe.

sábado, 25 de enero de 2020

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Esta es una tarde como cualquier otra. 
Pero, no sé si por la magia de Silvio y de Aute, algo anda desbocado en la marea de la sangre. 
O quizás sea la lluvia, la luz opaca del día que se termina en su tutú nublado y húmedo y se repliega hacia el vientre de la noche. 
Al borde de la laguna, el tiempo se suspende un poco. 
Todo es posible. 
Aún, todo es posible.

domingo, 12 de enero de 2020

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Qué llevas en el bolso, que pesa tanto? 
Tantas cosas... Lo que se ve y lo que no. 
No sé la manera de aligerar la carga. 
Cómo conseguir que el corazón sea leve, que los recuerdos se diluyan, que tanto tiempo (mucho ya) sean pétalo de rosa, suspiro de niño, hoja de arce? 
Como una mochila se lleva, para que sea más fácil. 
Y seguimos caminando.

domingo, 5 de enero de 2020

El camello cojito



El camello se pinchó 
Con un cardo en el camino 
Y el mecánico Melchor 
Le dio vino. 
Baltasar fue a repostar 
Más allá del quinto pino.... 
E intranquilo el gran Melchor 
Consultaba su "Longinos". 
-¡No llegamos, no llegamos 
y el Santo Parto ha venido! 
-son las doce y tres minutos 
y tres reyes se han perdido-. 
El camello cojeando 
Más medio muerto que vivo 
Va espeluchando su felpa 
Entre los troncos de olivos. 
Acercándose a Gaspar, 
Melchor le dijo al oído: 
-Vaya birria de camello 
que en Oriente te han vendido.
 A la entrada de Belén 
Al camello le dio hipo. 
¡Ay, qué tristeza tan grande 
con su belfo y en su hipo! 
Se iba cayendo la mirra 
A lo largo del camino, 
Baltasar lleva los cofres, 
Melchor empujaba al bicho. 
Y a las tantas ya del alba 
-ya cantaban pajarillos
los tres reyes se quedaron 
boquiabiertos e indecisos, 
oyendo hablar como a un Hombre 
a un Niño recién nacido. 
-No quiero oro ni incienso 
ni esos tesoros tan fríos, 
quiero al camello, le quiero. 
Le quiero, repitió el Niño. 
A pie vuelven los tres reyes 
Cabizbajos y afligidos. 
Mientras el camello echado 
Le hace cosquillas al Niño.

Gloria Fuertes