Siempre he sentido una enorme ternura por Don Quijote de la Mancha. Esa locura suya que no le privó del honor ni de la bondad, ha sido para mí la más hermosa forma de vivir en un mundo lleno de picardía y mala gente.
Tengo la tendencia de arremeter contra los gigantes que amenazan lo que amo. Me fijo poco en mi fuerza o mi sagacidad; no soy estratega ni mido posibilidades. El corazón va por su cuenta y arrasa.
Aún, y lo agradezco a quien tenga que hacerlo, me conmueve el dolor de los otros. Aún tiemblo de indignación ante la injusticia, aún es ley mi palabra.
Cuando la vida, esa pícara, pone en mi camino gente tortuosa, mentirosa o manipuladora, hay algo en mí de Quijote que me impulsa a ir de frente con la lanza. Siempre alguna voz amiga me dice: "mira que no son gigantes, si no molinos de viento", y entonces me vuelvo Alonso y recapacito. Pero ya me he dejado en la batalla algún trozo del alma, ya están la ilusión y la esperanza hechas jirones.
No se ganan todas las contiendas. Pero tampoco se pierden todas. Lo que queda es la satisfacción interior, ese punto de alegría al saber que somos pocos, pero buenos, los que peleamos por un mundo más claro, más dulce; donde la verdad y la ternura no sean cosas raras y que ir de frente, sin doblez y sin mentiras, sea lo habitual entre la gente. La buena gente, bendita sea, que siento yo tan cerca.