Acaba de empezar el verano. Bajo el manto de la primera ola de calor, el solsticio se derrama sobre las piedras romanas de la Calle Mayor, sobre los vetustos tejados de los Colegios y Universidades, sobre los árboles supervivientes y los nidos de las pobres cigüeñas, cada vez más amenazadas...
Comienza la estación que me hace prisionera, que solo me permite salir muy temprano, cuando el día está recién estrenado y fresco. Pocos sitios quedan para huir en esta vieja ciudad, ávida de gorriones. Las noches pesan, y el aliento retrasado del ardiente cemento, poca tregua da.
Celebraré, pues, la ilusión del otoño.






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