Hay una emoción reconocible al caminar por ese suelo, al pisar esa calzada, al tocar esas piedras. Cuando Segóbriga era un enclave importante en el mundo romano, tanto que disponía de teatro, anfiteatro y circo (aún bajo tierra, los trabajos de excavación continúan); con su plaza y sus domus, sus establecimientos que expedían comidas calientes; sus termas, sus fuentes... El paisaje que se ve desde allí arriba, magnífico como una pintura clásica, es el que esas personas de entonces pudieron contemplar: el mismo bosque, el mismo horizonte, los mismos colores. La calzada que aún podemos ver, la que comunicaba con Cartago y llevaba y traía mercancías desde el mar. La empinada cuesta de la colina coronada por la ciudad que hasta el emperador visitó. Porque allí se explotaba algo muy importante: el lapis especularis, un cristal de yeso utilizado antes de la llegada del vidrio, dador de luz a las casas, protector de inclemencias.
Sí, me pareció emocionante el sitio, su historia, su huella. Porque quizás, en esta España nuestra benditamente mezclada, yo caminé sobre las huellas de alguno de mis antepasados...






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