Nos da, por fin, tregua el calor. Parece que el pulso de la vida vuelve a latir con cierta normalidad, con menos agobio. El mundo sigue convulso, enfermo: no me gusta. Mi gente cercana tiene encima nubes de preocupación, y esas mismas nubes también me opacan.
Trato de aplicarme mi propio mantra. A veces, lo consigo. Caminamos con la vida por delante, aquí y ahora, esperando que todo mejore (¿por qué no?), y pongo cada mañana comida y agua a los pájaros que vienen a mi terraza, libres y queridos.
Ha comenzado el otoño.




