Ayer estuve en un concierto. Dos chicos, muy jóvenes, nos ofrecieron una selección de música clásica de grandes compositores rusos. Algo tendría eso, un componente mágico, quizás, para que, sin previo aviso, yo me viera transportada a otro sitio, otro tiempo, otros recovecos donde pude sentir la fuerza y la presencia de mis abuelos. Nicolás, al que no conocí, porque falleció muy joven. Leonor, que mi alma de niña sabía lo poco que me quería. Martín, el herrero músico, de enormes manos y corazón aún mayor. Y Juliana, mi yaya Juli, el paradigma del amor y la complicidad. Por algún desconocido motivo, sentí ayer a los cuatro navegando por mi sangre, siendo ellos y yo a la vez, como flotando en un eterno espacio donde todo se diluye y continúa sin perderse, sin acabarse; todos estaban en mi, en esa música, en ese instante formidable de extraña comunión. Creo que no había tenido antes una sensación así. Pero fue precioso que ocurriera.
sábado, 23 de mayo de 2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






No hay comentarios:
Publicar un comentario