domingo, 9 de febrero de 2020

Carta de amor



Si estás leyendo esta carta de amor, publicada en un modesto diario de provincias, si la estás leyendo antes del Día de los Enamorados, no pienses que la escribí para ti. Es cierto que la concebí en una ciudad nortiza, bajo el tañido de una campana de piedra, a esas horas donde todo se desvanece y se calma. Acababa de salir del trabajo y soñaba con una foto robada desde el mar: esa donde tu sonrisa es un verano en los ojos y tus caderas una espiral de luz. Pero no, no la escribí para ti. Dejé que sus renglones se fueran por calles furtivas y me cantasen al llegar a casa. Abrí una botella de cuerpo oscuro e imaginé cómo empezaría. Buscaría un pomo de tinta y la redactaría de mi puño y letra. Hablaría de domingos sin sol y de tardes desnudas, pues las cartas de amor, fatalmente, tiritan de soledad. Evocaría uno por uno, como si fuesen lienzos, los viernes más tristes y dulces. Me entregaría a una caligrafía veloz y fervorosa, y alcanzaría exhausto la última línea. Justo a tiempo de enjugar una lágrima y servirme una copa de vino: así es como nacen las cartas de amor, aunque esta no la escribí para ti. Crucé con ella parques desolados, sorteé muros de espinas, busqué entre las ramas bajas la silueta de un buzón. La gente me miraba como si hubiese vendido mi alma, o el aliento que le queda a un niño. Era ese hombre que gime cansado y sueña a tientas bajo el cielo. En algún instante, cerca de la Catedral, tuve un presentimiento y supe que nadie escribe cartas de amor. Nadie las liga con una trenza, no hay templos donde dejarlas, no existen emisarios que las guarden al oscurecer. Mi mano la oprimía contra el pecho y, a quien quería oírme, le hablaba de mi juventud. Me censuraban, me tomaban por loco, pero no la escribí para ti. Busqué más tarde una pared limpia, pues es sabido que quien enloquece de amor vuelca sus versos en muros paganos. Pero eran solo tapias tiznadas que anunciaban el fin de la ciudad. Regresé de la noche y abrí el sobre para esgrimir sus palabras. Las mismas que ahora lees en este diario y que nunca escribí para ti: cómo hacerlo, si tú eres todas las palabras, las palabras del bosque y de la fiebre, las del futuro y las de la memoria, las que cantan como pájaros deslumbrados en la soledad de mi corazón.

Miguel Paz Cabanas

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