sábado, 29 de febrero de 2020
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El día amaneció gris, con un viento frío y fuerte que hace revolotear las hojas caídas de la calle.
Es el último día de este febrero bisiesto, en el que algo ha terminado y algo, seguro empezará.
Hay una leve promesa de lluvia escrita en el color del cielo. Y como las gotas alimentan la tierra y las raíces de la vida, este sábado tranquilo me descansa, me nutre y me llena de paz.
martes, 25 de febrero de 2020
Alguien debería decirnos

Alguien debería decirnos,
antes de morir,
que todo eso de la luz que inspira al moribundo
es hermosamente falso:
como los unicornios
y las libélulas de jade,
o los vampiros que seducen doncellas
-de ojos lánguidos-
al forrar su ataúd.
Que lo que nos espera,
más bien,
es una devastación minuciosa
y sombras que usurparán
nuestro corazón:
a eso se parecen los últimos sueños
de las trincheras
y el algodón que besa fatigado,
el contorno de la herida.
Por eso,
porque nadie nos lo dice,
ni siquiera nuestra madre,
merece la pena detenerse
un momento
y pensar en las semillas rojas:
la turgencia de tus labios,
el calor de las manos tras arañar los bolsillos,
el vagón de terciopelo,
la cresta feliz del gallo,
la bombilla en medio de la oscuridad.
Porque lo único que queda a salvo,
mientras vislumbramos
el azar de las estaciones,
es una hoja marrón,
la misma que suspira en el tallo,
se brinda prodigiosa a la luz
y se lanza al vacío,
desnuda,
cuando ya es demasiado tarde.
Miguel Paz Cabanas
viernes, 21 de febrero de 2020
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Si miras hacia la ventana, sin intención, casualmente, y sobre los tejados de la calle hay un incendio púrpura contra el que se recortan las siluetas de los árboles más altos, aún desnudos.
Si captas, con infantil asombro ante tanta belleza, los últimos momentos del sol de este viernes, mientras la noche, ladina, astuta, extiende sus brazos oscuros.
Si has tenido la suerte de contemplar el cambio, la esencia de la vida en apenas unos minutos, entonces eres tan afortunado como yo.
sábado, 15 de febrero de 2020
viernes, 14 de febrero de 2020
miércoles, 12 de febrero de 2020
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Para que no llores tú
le disputaría al mar
su cabellera de espuma
para que jueguen contigo
caballitos y delfines.
Para que no llores tú
todo el cielo es poco cielo
para llenarlo de estrellas
y contarlas hasta diez.
Y para que tú no llores
todas las vacas son Lola
todo semáforo es rojo
y los árboles son grandes.
Pero si fracaso y caen
del borde de tus pestañas
dos lágrimas insurgentes
mis brazos te esperarán,
niño de viento y de brisa,
para que rías de nuevo
y que me puedas salvar.
Sara Royo
domingo, 9 de febrero de 2020
Carta de amor
Si estás leyendo esta carta de amor, publicada en un modesto diario de provincias, si la estás leyendo antes del Día de los Enamorados, no pienses que la escribí para ti. Es cierto que la concebí en una ciudad nortiza, bajo el tañido de una campana de piedra, a esas horas donde todo se desvanece y se calma. Acababa de salir del trabajo y soñaba con una foto robada desde el mar: esa donde tu sonrisa es un verano en los ojos y tus caderas una espiral de luz. Pero no, no la escribí para ti. Dejé que sus renglones se fueran por calles furtivas y me cantasen al llegar a casa. Abrí una botella de cuerpo oscuro e imaginé cómo empezaría. Buscaría un pomo de tinta y la redactaría de mi puño y letra. Hablaría de domingos sin sol y de tardes desnudas, pues las cartas de amor, fatalmente, tiritan de soledad. Evocaría uno por uno, como si fuesen lienzos, los viernes más tristes y dulces. Me entregaría a una caligrafía veloz y fervorosa, y alcanzaría exhausto la última línea. Justo a tiempo de enjugar una lágrima y servirme una copa de vino: así es como nacen las cartas de amor, aunque esta no la escribí para ti. Crucé con ella parques desolados, sorteé muros de espinas, busqué entre las ramas bajas la silueta de un buzón. La gente me miraba como si hubiese vendido mi alma, o el aliento que le queda a un niño. Era ese hombre que gime cansado y sueña a tientas bajo el cielo. En algún instante, cerca de la Catedral, tuve un presentimiento y supe que nadie escribe cartas de amor. Nadie las liga con una trenza, no hay templos donde dejarlas, no existen emisarios que las guarden al oscurecer. Mi mano la oprimía contra el pecho y, a quien quería oírme, le hablaba de mi juventud. Me censuraban, me tomaban por loco, pero no la escribí para ti. Busqué más tarde una pared limpia, pues es sabido que quien enloquece de amor vuelca sus versos en muros paganos. Pero eran solo tapias tiznadas que anunciaban el fin de la ciudad. Regresé de la noche y abrí el sobre para esgrimir sus palabras. Las mismas que ahora lees en este diario y que nunca escribí para ti: cómo hacerlo, si tú eres todas las palabras, las palabras del bosque y de la fiebre, las del futuro y las de la memoria, las que cantan como pájaros deslumbrados en la soledad de mi corazón.
Miguel Paz Cabanas
sábado, 8 de febrero de 2020
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