domingo, 21 de junio de 2026

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Acaba de empezar el verano. Bajo el manto de la primera ola de calor, el solsticio se derrama sobre las piedras romanas de la Calle Mayor, sobre los vetustos tejados de los Colegios y Universidades, sobre los árboles supervivientes y los nidos de las pobres cigüeñas, cada vez más amenazadas...

Comienza la estación que me hace prisionera, que solo me permite salir muy temprano, cuando el día está recién estrenado y fresco. Pocos sitios quedan para huir en esta vieja ciudad, ávida de gorriones. Las noches pesan, y el aliento retrasado del ardiente cemento, poca tregua da. 

Celebraré, pues, la ilusión del otoño.

sábado, 20 de junio de 2026

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sábado, 13 de junio de 2026

Segóbriga


Hay una emoción reconocible al caminar por ese suelo, al pisar esa calzada, al tocar esas piedras. Cuando Segóbriga era un enclave importante en el mundo romano, tanto que disponía de teatro, anfiteatro y circo (aún bajo tierra, los trabajos de excavación continúan); con su plaza y sus domus, sus establecimientos que expedían comidas calientes; sus termas, sus fuentes... El paisaje que se ve desde allí arriba, magnífico como una pintura clásica, es el que esas personas de entonces pudieron contemplar: el mismo bosque, el mismo horizonte, los mismos colores. La calzada que aún podemos ver, la que comunicaba con Cartago y llevaba y traía mercancías desde el mar. La empinada cuesta de la colina coronada por la ciudad que hasta el emperador visitó. Porque allí se explotaba algo muy importante: el lapis especularis, un cristal de yeso utilizado antes de la llegada del vidrio, dador de luz a las casas, protector de inclemencias.
Sí, me pareció emocionante el sitio, su historia, su huella. Porque quizás, en esta España nuestra benditamente mezclada, yo caminé sobre las huellas de alguno de mis antepasados...

martes, 2 de junio de 2026

Junio


 Apenas comienza junio. Tengo aún en la mente la atmósfera de Cádiz, sus pueblos blancos, sus playas, el inesperado verde de su paisaje, su huella fenicia, cartaginesa, romana, árabe...; la brisa fresca sobre la piel, que luego se volvió levante y azotaba las palmeras. El asombro de los esteros y los caños, la intensa vida que bulle entre el suelo y las nubes. De esa tierra solo me sobran sus aficiones a matar y torturar toros, llamándolo "arte y fiesta" y lo que me parece casi obsesión con los santos y las santas. Allá cada cual. De todo lo demás he vuelto enamorada. Agradezco a la vida haber podido caminar por sitios que viví de niña, pero que no he podido reconocer, porque el tiempo es inexorable con sus cambios. De modo que ahora disfruto la alegría de volver a casa, y la alegría de haber estado allí. Doble alegría: nada mal.