sábado, 28 de febrero de 2026

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Los árboles florecen.
Está aquí la feroz amenaza de la primavera.

sábado, 21 de febrero de 2026

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Pero no eres tú. Rememoras días pasados, otro cielo, otras casas. Te ves allí (primeras sonrisas de tus hijos, sus primeros pasos, los días de cole, las batallas adolescentes...) te recuerdas en esa vida que ahora transcurre vertiginosa. Las rupturas, el dolor, la separación, la pérdida. El reencuentro, la aventura, la sorpresa, el gozo, la ausencia, la decepción, el miedo, la consciencia. Y aquella niña, aquella mujer que pasó por todo eso, va cosida a las costuras de tu alma, pero no eres tú. Hay muchas vidas en cada vida. Hay muchas personas en la persona que eres. Esta, la de ahora, es nueva. Será emocionante ver quién eres mañana.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

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No aman de igual forma
los ricos y los pobres.
Los pobres aman con las manos.
Los pobres aman en la carne y con gula,
en las peores estampas,
en condiciones famélicas y con
todo en su contra.
Los pobres aman sin bonitos decorados.
Entienden de lunes y de tedios domingueros
y de gastos imprevistos
de facturas y de angustias
que embisten
mes a mes
a quemarropa.
El amor de los pobres
no sale por la ventana
aunque el dinero entre
por la puerta,
(que nunca entra),
(aunque no haya ventanas).
Los pobres han aprendido
a amarse a oscuras por eso mismo.
Han aprendido a amarse malalimentados
malvestidos, malqueridos,
porque el hambre agudiza el ingenio
y en sus jardines también crecen las flores
(aunque no haya jardines).
Los pobres han aprendido a aprovechar
los vis a vis, entre jornada y jornada
de trabajo,
(aunque no haya trabajo)
y saben darse placeres nunca tasados
de valor incalculable
y han aprendido a disfrutar las circunstancias
y la sopa de sobre,
el viejo colchón y la cuesta de enero.
Y parece que su amor se yergue
indestructible a pesar de,
a pesar de las miles de plagas,
de los sueños frustrados y fracasos andantes,
de las crisis cíclicas y de hambrunas y de guerras,
más valiente que Heracles,
más Odiseo que Odiseo (…)
Y han aprendido a aprovechar el carisma
y la jerga,
y a escribir poemas inmortales
sobre amores complicados,
y saben de cosquillas,
y saben de boleros
y saben de desnudos
y de darlo todo,
que no es más que lo puesto,
las manos y la lengua
la forma de otear al horizonte
y los cánticos en contra del patrón.
Yo siempre he amado de esta manera.


Gata Cattana

viernes, 6 de febrero de 2026

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Mi abuela y yo nacimos el mismo día,
y a la misma hora. Ambas lloramos
al vernos por primera vez.
Nuestros nombres tienen mucho en común:
ella se llama Abuela y yo, Nieta.
Abuela y yo paseábamos juntas por el parque.
Al principio, caminábamos como dos señoras patas:
meneíto para aquí, meneíto para allá.
Y es que Abuela tenía los pies planos
y yo apenas comenzaba a caminar.
Pasó el tiempo y a ambas se nos cayó nuestro
primer diente. Yo lo puse debajo de la almohada
esperando al Ratón Pérez.
Abuela se lo llevó al doctor Pérez, el dentista,
para que le pusiera uno igualito pero postizo.
Un día nos dimos cuenta de que ni Abuela ni yo
sabíamos leer ni escribir, así que decidimos que
cuando yo cumpliera los cinco, iríamos al colegio.
Y fuimos.
Yo por las mañanas bien temprano,
y ella por las tardes a la escuela de adultos.
Ahora ambas sabemos escribir.
Yo tengo la letra torcida, y ella, temblorosa.
Cuando me voy de vacaciones con mis padres,
Abuela sale de excursión con sus amigos,
y nos enviamos postales por correo.
En ellas sólo garabateamos nuestro nombre, porque
dice Abuela que todo lo que tenemos para contarnos
no entra en el cuadrito de una postal.
Antes de dormir, Abuela me cuenta historias de su juventud.
A la hora de la siesta, yo le leo las noticias del periódico.
Abuela tiene muchos hijos e hijas que son mis tíos y tías;
menos una, que es mi mamá. Cuando ellos eran pequeños,
vivían en casa de mi Abuela.
Ahora es ella la que vive en casa con mi mamá y conmigo.
Cuando estamos todos juntos,
la familia es enorme.
Ella nos abraza y nos mima.
Dice que todos los años le han ido
creciendo los brazos para que ninguno
se quede afuera.
Yo también he crecido,
y mis brazos, y mis pies.
Un día, Abuela se despertó muy cansada, dijo,
y que ya no quería comer porque le dolía la boca
de masticar durante tantos años.
Que quería irse de viaje sin maleta, a buscar al abuelo,
que era el único al que no podía abrazar.
—Te vas, lo abrazás y volvés a casa con nosotros —dije.
—No, querida. Quiero irme con el abuelo para volver
a estar juntos otra vez.
No sé por qué, pero me puse muy triste y lloré.
Y si una nieta llora,
la abuela llora también.
A partir de ese día,
Abuela no se quiso mover de la cama.
Me acurruqué a su lado
y le hablé de cuando aprendimos a leer,
de su letra temblorosa, de sus brazos largos,
y de mis enormes pies.
Ella cerraba los ojos y yo la abrazaba.
Pasamos así varias semanas,
y un mediodía, a la hora del almuerzo,
mordió primero un trocito de papa,
después tomó una cucharada de sopa y luego dos.
Y una mañana, cuando salió el sol,
se levantó de la cama
y salimos juntas a caminar por el parque.
Caminamos despacio como dos señoras patas:
meneíto por aquí, meneíto por allá.
Ella porque tenía las piernitas muy flacas
y los pies planos.
Y yo, porque acompañaba
sus pasos entre besos y abrazos.


Jackeline De Barros
En su libro "Brazos largos"

miércoles, 4 de febrero de 2026

Cómo hacer un barco

 


Arranque sus costillas
y esternón,
construya las cuadernas,
ponga su alma
de mascarón de proa,
extienda sus ganas
como velas,
gane el viento
que le deben
y llore, luche, ame,
mate, llore, luche,
hasta hacer el mar.

Julio Leite 

domingo, 1 de febrero de 2026

Hall & Oates – Sara Smile


La primera vez que bailé esta canción, no la conocía.

Ocurrió de noche, bajo el porche de una casa, en la quietud del campo. En unos brazos que, entonces, eran motivo de alegría. La escasa luz de la luna apenas alumbraba. No hacía falta.

Todo eso ya pasó, esa mujer es otra. Pero esta canción me sigue gustando.  Y Sara aún sonrie.